Saturday, April 18, 2015

Un nepalí muestra su dedo tras votar en las elecciones, a las afueras de Katmandú.

[Quoted: Safal Ghimire, El Confidencial, from Spain]

Autor Víctor Martín. Katmandú; Fecha 06.12.2013 – 06:00 H.


Seguidores del Partido del Congreso durante las elecciones en Katmandú (Efe).

LA MEMORIA DE NEPAL Y SU INCIERTO FUTURO


“A mi marido le llenaron de balas en su propia casa. Fueron los maoístas”

Cuando sonaron las detonaciones, Srijana pensó que se trataba de unos niños tirando petardos. Pero lo que sonaba aquella noche de 2002 eran disparos

Cuando sonaron las detonaciones, Srijana pensó que se trataba de unos niños tirando petardos. Era noviembre y ni siquiera una guerra civil impedía que se siguiese celebrando el Diwali, una fiesta nacional de Nepal. Pero lo que sonaba aquella noche de 2002 no eran petardos. Eran disparos. Los disparos queacabaron con la vida de su marido, en su propia casa, a manos de dos rebeldes maoístas.

“Todo su cuerpo estaba lleno de agujeros de bala”, recuerda Srijana al describir cómo le encontró tirado en el suelo sin vida. Y, al hacerlo, su voz casi desaparece, se convierte en un susurro. “Era un líder regional del Partido del Congreso de Nepal, por eso le mataron”, explica a El Confidencial esta nepalí que no llega a entender todavía, once años después, por qué pasó lo que pasó.


Todo su cuerpo estaba lleno de agujeros de bala. Era un líder regional del Partido del Congreso de Nepal, por eso le mataron. Fueron los maoístasLa historia de Srijana y su marido Sanjay Singh es sólo una gota en el mar de la guerra civil que vivió este país desde 1996 a 2006. Un conflicto que dejó entre 13.000 y 17.000 muertos, depende de cómo y quién haga las cuentas. Ambos bandos, tanto los rebeldes maoístas como la policía y los miembros del Ejército de Nepal, perpetraron miles de crímenes que aún hoy siguen sin ser investigados ni, mucho menos, juzgados. De hecho, más de 1.300 personas continúan desaparecidas, mientras que las denuncias por torturas durante la guerra se cuentan por miles. Todas ellas han acabado en el cajón polvoriento de algún despacho.

Hace tan sólo unos días se cumplieron siete años del acuerdo de paz que firmaron el Gobierno y el Partido Comunista de Nepal (maoísta), y que puso fin a la contienda. En él, ambas partes se comprometían a localizar el paradero de los muertos y desaparecidos en un plazo de 60 días. Pero esos dos meses se han convertido en 84 y las víctimas siguen teniendo el silencio gubernamental por respuesta.

En busca de justicia

“La impunidad es rampante. El Gobierno de Nepal no ha hecho ningún progreso significativo hacia la identificación y enjuiciamiento de los responsables de violaciones de derechos humanos durante la guerra”, denuncia Amnistía Internacional en su reciente informe Nepal: en busca de justicia (2013). Asimismo, Naciones Unidas presentó hace un año un informe con 30.000 documentos que demuestran las 9.000 violaciones a los derechos humanos llevadas a cabo por las dos partes del conflicto.

Este inmovilismo se explica desde dos corrientes para nada opuestas: quienes consideran que esas investigaciones harían descarrilar el proceso de paz, ya que este fue un acuerdo mutuo y no la imposición de una parte sobre otra; y quienes defienden que haya una amnistía general a modo de perdón universal. A ellas, el investigador nepalí Safal Ghimire añade “el miedo entre los líderes políticos porque casi todos los partidos tienen altos dirigentes que serían condenados”. Ninguno quiere acabar desfilando por los juzgados.

Y frente a esa pasividad, quienes perdieron algo en la guerra siguen esperando. Para muchos de ellos, estos siete años pesan como una losa. En el caso de Srijana, por la cultura del país. “Como viuda, no podía salir por ahí cuando quisiera, ni podía vestir lo que quería. Así que muchas veces sentía discriminación”, cuenta, consciente de que vive en una sociedad en la que el matrimonio es un pilar fundamental. Más aún si eres mujer y quieres ser respetada.

La impunidad viene del miedo de los líderes políticos, porque casi todos los partidos tienen altos dirigentes que serían condenados. Ninguno quiere acabar desfilando por los juzgadosSrijana ya no se pone el vestido blanco que deben llevar las viudas nepalíes y ahora utiliza su apellido de soltera: Shrestha. “Encontré una organización de derechos humanos donde me informé de cómo actuar, de cómo conocer el poder la mujer”, dice orgullosa por haber dado ese paso. Reconoce, eso sí, que al principio necesitó el apoyo económico de su prima para salir adelante.

Cuatro euros al mes para las viudas de la guerra

Un apoyo en muchos casos imprescindible. Tras la guerra, el Estado empezó a otorgar a las llamadas “viudas del conflicto” 500 rupias nepalíes al mes (menos de 4 euros) durante el resto de su vida; una cantidad irrisoria si se pretende sobrevivir con ella. También concede 10.000 rupias al año (75 euros) para pagar la educación primaria de los hijos y 18.000 (135 euros) para la secundaria, aunque eso “no es suficiente para pagar el colegio”, asegura Srijana. Además, según dice, esas ayudas desaparecen si la mujer decide casarse de nuevo o si comienza a trabajar, como es el caso de esta nepalí de 40 años con dos hijos, uno de 16 y otro de 14, que trabaja en la universidad, a las afueras de Katmandú.

Las víctimas también denuncian que muchos afectados no están incluidos en las ayudas estatales. Por ejemplo, los familiares de desaparecidos, quienes no tienen compensación alguna. “Los desplazados internos recibieron unos cuantos dólares para volver a casa, una cantidad insuficiente para reconstruir su hogar”, asegura Ghimire. “No hay curación social ni un programa de reconciliación”, añade.

Pero para demandar obligaciones al Estado, los damnificados deben primero mirar la agenda. “Ahora es un momento conflictivo por las elecciones; es como un paréntesis. De hecho, desde que acabó el conflicto vivimos en un paréntesis”, afirma Srijana, que cree que debe culminar el proceso democrático que vive su país para que las aguas vuelvan a su cauce.

La derrota de los maoístas en las urnas
Ese proceso del que habla Srijana es todavía incipiente. El resultado de las recientes elecciones constitucionales aún sigue copando los informativos y las conversaciones de bar en Katmandú. La victoria del Partido del Congreso de Nepal ha pillado por sorpresa a muchos ciudadanos que, guiados por las encuestas previas, esperaban un nuevo triunfo de los maoístas. Ahora, los recién elegidos miembros de la Asamblea Constituyente deberán redactar una Carta Magna que allane el camino hacia la democracia.

Ante este nuevo panorama político, los nepalíes se dividen entre quienes ven esperanza y quienes ven más de lo mismo, es decir, nada, porque en los últimos cinco años han asistido a la incapacidad de sus políticos para alcanzar el consenso necesario que empuje a la Constitución hacia delante. Ghimire, experto en sociedades postconflicto, considera que “el proceso de paz de Nepal son sólo papeles con firmas de élites políticas mientras un puñado de ellas se jacta de haber completado el proceso”.

La victoria del Partido del Congreso de Nepal ha pillado por sorpresa a muchos ciudadanos que, guiados por las encuestas previas, esperaban un nuevo triunfo de los maoístas. Ahora, los recién elegidos miembros de la Asamblea Constituyente deberán redactar una Carta Magna que allane el camino hacia la democraciaLa misma división se ve también entre las víctimas del conflicto. Frente a quienes lo dan todo por perdido, que los hay, Srijana defiende la necesidad de una comisión que investigue todo lo que ocurrió en los diez años negros que vivió Nepal. Una comisión que le diga quién mató a su marido, algo que a día de hoy desconoce. Lo dice prudente, conociendo la distancia que existe entre sus deseos y la realidad. Pero al menos ella encuentra ahí su tímido halo de esperanza.

“La solución no puede venir sólo de un lado, deben trabajar ambas partes”, opina Srijana, que quiere ver a los maoístas junto al resto de partidos en el Parlamento, porque entiende que el mejor escenario para discutir son las tribunas y no las trincheras.

Sin embargo, a Srijana se le cambia el rostro cuando se le menciona la palabra perdón. Eso es algo que “requiere mucho tiempo porque no es fácil olvidar lo que pasó”, afirma, de nuevo con la voz encogida. “Es muy difícil perdonar. Ellos nos deben una disculpa, ¿cómo perdonarles si a nosotros nadie nos ha pedido perdón?”.

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